Este ya es el mejor discurso del año (y apenas es enero)
El primer ministro de Canadá, Mark Carney, da por muerto al orden mundial basado en reglas, pero propone un nuevo camino multilateral ante la cada vez más evidente regla del más fuerte.
Desde el Foro Económico Mundial de Davos, en un momento marcado por las amenazas de Donald Trump sobre Groenlandia y por una geopolítica dominada por la fuerza bruta de líderes como Trump, Xi Jinping y Vladimir Putin, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, da por muerto el orden mundial basado en reglas. Frente a la lógica cada vez más explícita del más fuerte, Carney propone un nuevo camino multilateral liderado por las potencias medias, basado en honestidad, cooperación estratégica y fortaleza interna. Es un discurso incómodo para muchos, lúcido en su diagnóstico y ambicioso en su propuesta. Imperdible. Y, sin exagerar, uno de los mejores discursos políticos en muchos años.
A continuación, las declaraciones del primer ministro Mark Carney en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, el martes.
Es un placer —y un deber— estar con ustedes en este punto de inflexión para Canadá y para el mundo.
Hoy quiero hablar de la ruptura del orden mundial, del fin de una historia cómoda y del inicio de una realidad brutal en la que la geopolítica entre grandes potencias ya no está sujeta a restricciones.
Pero también sostengo ante ustedes que otros países, en particular las potencias medias como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que encarne nuestros valores: el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.
El poder de quienes tienen menos poder comienza con la honestidad.
Parece que todos los días se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden internacional basado en reglas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.
Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable, como la lógica natural de las relaciones internacionales reapareciendo. Y frente a esta lógica, existe una fuerte tendencia de los países a acomodarse para sobrevivir. A adaptarse. A evitar problemas. A esperar que la obediencia compre seguridad.
No lo hará.
Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?
En 1978, el disidente checo Václav Havel, posteriormente presidente, escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. En él planteaba una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista?
Y su respuesta comenzaba con un verdulero. Cada mañana, este comerciante colocaba un cartel en su escaparate: “¡Trabajadores del mundo, uníos!”. No lo creía. Nadie lo creía. Pero colocaba el cartel de todos modos para evitar problemas, para mostrar conformidad, para llevar la fiesta en paz. Y como todos los comerciantes de todas las calles hacían lo mismo, el sistema persistía.
No solo a través de la violencia, sino mediante la participación de personas comunes en rituales que, en privado, sabían que eran falsos.
Havel llamó a esto “vivir dentro de la mentira”. El poder del sistema no provenía de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera verdadero. Y su fragilidad provenía del mismo lugar: cuando incluso una sola persona deja de actuar —cuando el verdulero quita su cartel— la ilusión empieza a resquebrajarse.
Amigos, ha llegado el momento de que empresas y países retiren sus carteles.
Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en reglas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios, nos beneficiamos de su previsibilidad. Y gracias a ello, pudimos seguir políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.
Sabíamos que la historia del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximían cuando les convenía. Que las reglas del comercio se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor según quién fuera el acusado o la víctima.
Esta ficción era útil. Y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proveer bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y marcos para la resolución de disputas.
Así que colocamos el cartel en la ventana. Participamos en los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad.
Ese pacto ya no funciona.
Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición.
Durante las últimas dos décadas, una serie de crisis —financieras, sanitarias, energéticas y geopolíticas— han dejado al descubierto los riesgos de una integración global extrema.
Pero más recientemente, las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como arma. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como coerción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar.
No se puede “vivir dentro de la mentira” del beneficio mutuo de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación.
Las instituciones multilaterales en las que han confiado las potencias medias —la OMC, la ONU, las COP—, la propia arquitectura de la resolución colectiva de problemas, están bajo amenaza.
Como resultado, muchos países están llegando a la misma conclusión: deben desarrollar una mayor autonomía estratégica en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro.
Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte a ti mismo.
Pero seamos claros sobre a dónde conduce esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible.
Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de reglas y valores para perseguir sin trabas su poder e intereses, las ganancias del “transaccionalismo” serán cada vez más difíciles de replicar. Los hegemones no pueden monetizar indefinidamente sus relaciones.
Los aliados diversificarán para cubrirse ante la incertidumbre. Buscarán seguros, ampliarán opciones para reconstruir su soberanía —una soberanía que antes se sustentaba en reglas, pero que ahora estará cada vez más anclada en la capacidad de resistir presiones.
Esta sala lo sabe: esto es gestión clásica de riesgos. Y la gestión de riesgos tiene un costo. Pero ese costo de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse. Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que construir fortalezas individuales. Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades generan beneficios de suma positiva.
La pregunta para las potencias medias, como Canadá, no es si debemos adaptarnos a la nueva realidad —debemos hacerlo—. La pregunta es si lo hacemos simplemente levantando muros más altos o si podemos hacer algo más ambicioso.
Canadá fue de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar de forma fundamental nuestra postura estratégica.
Los canadienses saben que nuestras viejas y cómodas suposiciones —que nuestra geografía y nuestras alianzas garantizaban automáticamente prosperidad y seguridad— ya no son válidas.
Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado “realismo basado en valores”. O dicho de otra manera, aspiramos a ser principistas y pragmáticos.
Principistas en nuestro compromiso con valores fundamentales: soberanía e integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza salvo cuando sea coherente con la Carta de la ONU, y el respeto a los derechos humanos.
Y pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser incremental, que los intereses divergen, que no todos los socios compartirán nuestros valores. Por eso nos involucramos de manera amplia y estratégica, con los ojos abiertos. Enfrentamos activamente el mundo tal como es, no esperamos pasivamente el mundo que desearíamos.
Estamos calibrando nuestras relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores. Y estamos priorizando una participación amplia para maximizar nuestra influencia, dada la fluidez del orden mundial, los riesgos que esto implica y lo que está en juego en lo que viene.
Ya no dependemos solo de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fortaleza.
Estamos construyendo esa fortaleza en casa.
Desde que mi gobierno asumió el cargo, hemos reducido impuestos sobre ingresos, ganancias de capital e inversión empresarial. Hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial. Estamos acelerando un billón de dólares en inversiones en energía, inteligencia artificial, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más.
Estamos duplicando nuestro gasto en defensa antes de que termine la década, y lo hacemos de manera que fortalezca nuestras industrias nacionales.
Y nos estamos diversificando rápidamente en el exterior. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, que incluye la adhesión a SAFE, los mecanismos europeos de compras de defensa.
Hemos firmado otros 12 acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes en seis meses.
En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Catar.
Estamos negociando acuerdos de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y Mercosur.
Además, para ayudar a resolver problemas globales, estamos impulsando una “geometría variable”: diferentes coaliciones para distintos temas, basadas en valores e intereses comunes.
En Ucrania, somos miembros centrales de la coalición de los dispuestos y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad.
En soberanía ártica, respaldamos firmemente a Groenlandia y Dinamarca y apoyamos plenamente su derecho exclusivo a determinar el futuro de Groenlandia.
Nuestro compromiso con el Artículo 5 es inquebrantable.
Trabajamos con nuestros aliados de la OTAN, incluidos los países nórdicos y bálticos, para asegurar los flancos norte y oeste de la alianza, mediante inversiones sin precedentes en radares de largo alcance, submarinos, aeronaves y presencia sobre el terreno.
Canadá se opone firmemente a los aranceles relacionados con Groenlandia y pide conversaciones focalizadas para alcanzar nuestros objetivos compartidos de seguridad y prosperidad en el Ártico.
En comercio plurilateral, impulsamos esfuerzos para construir un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas.
En minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificar el suministro.
Y en inteligencia artificial, cooperamos con democracias afines para evitar vernos obligados a elegir entre hegemones e hiperescaladores tecnológicos.
Esto no es multilateralismo ingenuo. Tampoco es dependencia de instituciones. Es construir coaliciones que funcionen, tema por tema, con socios que compartan suficiente terreno común para actuar juntos. En algunos casos, será la gran mayoría de las naciones.
Lo que esto crea es una densa red de conexiones en comercio, inversión y cultura, de la que podremos echar mano ante futuros desafíos y oportunidades.
Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estamos en la mesa, estamos en el menú.
Las grandes potencias, por ahora, pueden permitirse actuar solas. Tienen tamaño de mercado, capacidad militar y poder de negociación. Las potencias medias no. Cuando negociamos solo de forma bilateral con un hegemón, lo hacemos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros para ser los más complacientes.
Eso no es soberanía. Es la representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación.
En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una elección: competir entre sí por el favor o unirse para crear una tercera vía con impacto.
No debemos permitir que el auge del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las reglas seguirá siendo fuerte, si decidimos ejercerlo juntos.
Esto me devuelve a Havel.
¿Qué significaría para las potencias medias “vivir en la verdad”?
Primero, significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el “orden internacional basado en reglas” como si aún funcionara como se promete. Llamarlo por su nombre: un sistema de rivalidad creciente entre grandes potencias, donde las más poderosas persiguen sus intereses utilizando la integración económica como herramienta de coerción.
Significa actuar con coherencia, aplicar los mismos estándares a aliados y rivales. Cuando criticamos la intimidación económica de un lado, pero guardamos silencio cuando proviene de otro, seguimos dejando el cartel en la ventana.
Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar que el viejo orden sea restaurado, crear instituciones y acuerdos que funcionen tal como se describen.
Y significa reducir la palanca que permite la coerción. Construir una economía doméstica fuerte debe ser siempre la prioridad inmediata de cualquier gobierno. Y la diversificación internacional no es solo prudencia económica: es el fundamento material de una política exterior honesta. Porque los países se ganan el derecho a posturas principistas reduciendo su vulnerabilidad a las represalias.
Canadá tiene lo que el mundo quiere. Somos una superpotencia energética. Contamos con vastas reservas de minerales críticos. Tenemos la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones están entre los mayores y más sofisticados inversionistas globales. Tenemos capital, talento y un gobierno con una enorme capacidad fiscal para actuar con decisión.
Y tenemos valores a los que muchos otros aspiran.
Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad.
Somos un socio estable y confiable en un mundo que no lo es. Un socio que construye y valora relaciones a largo plazo.
Y tenemos algo más: la conciencia de lo que está ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia.
Entendemos que esta ruptura exige más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como es.
Estamos retirando el cartel de la ventana.
Sabemos que el viejo orden no va a regresar. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia.
Creemos que, a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo.
Esta es la tarea de las potencias medias. Los países que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y más que ganar con una cooperación genuina.
Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir fortaleza en casa y de actuar juntos.
Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos de manera abierta y confiada.
Y es un camino abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros.




Excelente discurso del primer ministro canadiense, el orden mundial ha muerto y en este momento estamos ante el nuevo desorden mundial, su propuesta es tratar de ordenar un poco este desastre que están dejando los tres grandes potencias.
Un valor añadido de este discurso es su comparación con el de su homólogo americano. Debe ser entretenido estar allí oyendo a este tipo y a continuación al idiota de Trump.